Editorial: Un hueso roto
Editorial: UN HUESO ROTO
“Un estudiante preguntó a la antropóloga estadounidense Margaret Mead cuál consideraba ella que fue el primer signo de civilización en la Humanidad. El alumno y sus compañeros esperaban que Mead hablara del anzuelo, la olla de barro o la piedra de moler. Pero no. Ella dijo que el primer signo de civilización en una cultura antigua fue un fémur que alguien se fracturó y luego apareció sanado.
Mead explicó que, en el reino animal, si te rompes una pierna, mueres, pues no puedes procurarte comida o agua ni huir del peligro, así que eres presa fácil de las bestias que rondan por ahí. Y ningún animal con una extremidad inferior rota sobrevive el tiempo suficiente para que el hueso se suelde por sí sólo. De modo que un fémur quebrado y que se curó evidencia que alguien se quedó con quien se lo rompió, y que le vendó e inmovilizó la fractura. Es decir, que lo cuidó”.
El ser humano es el animal más desvalido que existe. Nuestro cuerpo es frágil cuando nacemos y nuestro cerebro se desarrolla en una alta proporción fuera del útero materno. Necesitamos de los otros para sobrevivir.
El primer signo de civilización en la Humanidad consistió en que una persona fue cuidada por otra u otras personas. La cooperación, la colaboración, la ayuda entre humanos como el fundamento de nuestra naturaleza. Lo que nos hace humanos es un hueso roto y soldado, la posibilidad de que un ser humano haya ayudado a otro ser humano a sobrevivir, porque con esa pierna herida habría muerto inevitablemente. Los humanos somos, ante todo, animales sociales, y la cooperación social ha sido clave para nuestra supervivencia y reproducción. Gracias a ella hemos logrado enfrentarnos a algunos de los grandes retos del pasado, como la hambruna, las enfermedades o las catástrofes naturales. Somos quienes somos porque nos auxiliamos unos a otros y cuando dejemos de hacerlo perderemos la esencia de nuestra humanidad.
Las personas con síndrome de Down nos necesitan, pues de algún modo son seres más desvalidos, más indefensos, al disponer de menos recursos para enfrentarse a los retos que la vida les va presentando. Pero también son personas a las que necesitamos. Necesitamos a todos los integrantes del grupo, porque sin ellos nunca llegaremos a ser quienes somos. Nuestra naturaleza, la esencia de nuestra humanidad, está en la potencialidad de cuidar a quienes, transitoria o permanentemente, tienen limitadas sus capacidades. Entre otras razones, porque en algún momento también nosotros vamos a necesitar de otros que nos cuiden y nos protejan.
No podemos renunciar a socorrer a ningún miembro del clan, porque cada vez que dejamos solo a alguien en nuestro grupo, de alguna manera estamos renunciando a lo que constituye el fondo de nuestro ser. Las personas con síndrome de Down nos recuerdan, cada día, con su presencia, al igual que todas aquellas que tienen algún tipo de limitación o carencia, que la solidaridad es un principio básico de funcionamiento, sin el cual no podemos desarrollarnos plenamente como seres humanos.
Aprovechamos esta reflexión sobre la contribución esencial de las personas con síndrome de Down a la sociedad, para animarles a que se sumen el próximo día 21 de marzo a la celebración del Día Mundial del Síndrome de Down, ayudando a visibilizar su irrenunciable aportación.




Comentarios
Las personas con síndrome de Down también nos dan lecciones de vida.
P.D.: MI madre siempre me decía: "No es que la quiera más a ella; las quiero a las dos con toda mi alma, tanto, tanto que no las podría querer más. Lo que pasa es que ella me necesita más". Y esto era también la pura verdad.